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Silencios Estereofónicos

Silencios Estereofónicos

Chavela Vargas: su regreso a los escenarios, porque Soledad estaba triste y en silla de ruedas

Por: Félix Morriña

Isabel Vargas Lizano, mejor conocida como Chavela Vargas, afirma que el amor no existe, es un invento en noches de borrachera. Desde que escuché esa frase hace muchos años la hice mi consigna, aunque al paso del tiempo se ha transformado en cosas peores y en cientos de mentiras. Aún así, he tenido momentos contradictorios, como todo ser humano que se resiste a la tentación del amor en todas sus variantes para sobrevivir.

Todavía recuerdo a mi padre gritar: "¿Por qué te gusta como canta esa pinche vieja lesbiana? ¡Lo único que vale la pena de ella es que tuvo como amigo y comparsa a José Alfredo Jiménez y que bebía y vivía como todo un bohemio a punto de morir, pero no se muere la méndiga cabrona! Creo que primero me voy a morir yo y ella seguirá cantando o aullando o lo que sea que haga con su voz".

Sin contestar, entonces aseveré con la cabeza. Ahora le recuerdo a mi progenitor que la noche del pasado martes 4 de diciembre del 2007 Chavela Vargas regresó a los escenarios nuevamente por la sencilla razón de que la soledad en la que todo senecto vive estaba triste. Soledad estaba triste o triste estaba soledad. Afortunadamente, ambos están vivos (mi padre y Chavela Vargas) y los dos me han formado y guiado en el difícil camino de la existencia.

Desafortunadamente, Chavela Vargas terminó abruptamente su concierto del Auditorio Nacional por cansancio extremo, el gran esfuerzo realizado a lo largo de hora y media, literalmente la noqueó, y terminó saliendo del majestuoso escenario en silla de ruedas. Antes dijo: "De aquí salgo de pie"… ¡pero no pudo!

Lo que sí logró fue cantar 19 canciones, ni una más, ni una menos, con un sentimiento pocas veces visto. Incluso arrastró varias veces la voz, pero sin perder su estilo único, en verdad único en el mundo. Nadie dio explicación alguna.

Previo a salir del escenario en silla de ruedas, Chavela Vargas recibió de manos de la plañidera cantante pop (otrora rockera) Julieta Venegas un reconocimiento por este concierto homenaje titulado "Chavela Vargas: Gracias México". Todos se preguntaron por qué Julieta Venegas entregó dicho reconocimiento. Nadie supo qué decir.

Hace un año, la máxima figura "femenina" de la canción vernácula fue homenajeada en el Teatro de la Ciudad, en donde pasó la estafeta a la cantante Lila Downs, quien mencionó puede sucederla. La verdad es que nadie podrá heredarle, superarle, ni acercársele siquiera.

Previo al inicio del concierto se transmitió por las pantallas del coloso de Reforma y Campo Marte un video homenaje en el que Joaquín López Dóriga, Eugenia León, Tania Libertad, Joaquín Sabina, Astrid Hadad y la mencionada Lila Downs le rindieron merecida pleitesía.

Días antes al recital Chavela dijo que además regresaba a los escenarios porque la gente así se lo pide. Asevera que si el público quiere más de Chavela Vargas: "¿Por qué ella les va a negar ese gusto?". Además, con tanta música prefabricada y de muy bajo perfil, la música ranchera que interpreta es necesaria para cualquier ser humano con sensibilidad que haya vivido el desamor, la ansiedad por el ser amado, la pérdida de la autoestima y sobre todo de dolidas canciones llenas de vivencias extremas en los arrabales y suburbios, con las que miles de personas se identifican.

Su estancia en el Auditorio Nacional fue grandilocuente y el listado de las canciones interpretadas como si fuera el último concierto de Chavela Vargas fueron: "Macorina", "Flor de azalia", "Sombras", "Se me hizo fácil", "Soledad", "Cruz de olvido", "Un mundo raro", "Vámonos", "Noche de mi amor", "Amarga Navidad", "Pena mulata", "Luz de Luna", "Somos", "Las ciudades", "Las simples cosas", "En el último trago", "Si no te vas", "El andariego" y "La llorona".

Los dos maestrazos de la guitarra que le acompañaron en este recital fueron Juan Carlos Allende y Miguel Peña. Como muchos saben, el sitio ideal para escuchar a esta fortísima mujer (dice que su secreto fue dejar el alcohol, el cigarro, las desveladas y todos los vicios y excesos que la hicieron), es una cantina (en especial la famosa Tenampa de Garibaldi) o cualquier tugurio sin seguridad y sin ley, pero por razones obvias y de salud de la cantante, lo mejor en estos momentos fue el Auditorio Nacional, también por la demanda del público, que finalmente no llenó el recinto, al que le caben 10 mil personas (asistieron apenas seis mil personas).

No hay que dejar de lado que a sus 88 años de edad, Chavela Vargas pudo haber ofrecido su último concierto en México o al menos en la capital del país. No es un secreto que la muerte le ha rondado a la veterana cantante, pero ella ha declarado que no le tiene miedo y que está lista para cuando se dé la inevitable cita.

Se declaró abiertamente lesbiana cuando tenía 81 años de edad, después de que muchos medios masivos de comunicación lo han dado a conocer entrelíneas a lo largo de su carrera, pero que no se atrevían a mencionarlo por respeto a la vida íntima de la cantante y porque ella se ha dado a valer como pocas figuras del ambiente artístico.

Nacida el 17 de abril de 1919 en la ciudad de San Joaquín de Flores, Costa Rica, país al que no le gusta recordar debido a su dura infancia y a que no le han dado el lugar que merece, Chavela Vargas prefiere hablar de cuando llegó a México a los 14 años de edad, de su estancia entre Tepoztlán, Morelos, y de algunas ciudades de España, territorios entre los que comparte su tiempo y sus memorias. Ella se proclama mexicana en todas y cada una de sus manifestaciones.

Convivió en diversos momentos con Emilio "El Indio" Fernández, Juan Rulfo (quien le contaba sus cuentos antes de escribirlos), Jorge Negrete, Dolores del Río, su amado José Alfredo Jiménez, Álvaro Carrillo, Antonio Méndez, María Félix, sus queridos Frida Kahlo y Diego Rivera (con quienes sostuvo encuentros fraternales), entre muchas otras figuras e iconos de la cultura nacional, quienes decían que Chavela Vargas posee una voz muy rara, pero que ha vivido la vida del artista: entre tumbo y tumbo, entre copa y copa y entre risa y llanto, pero con la dignidad como estandarte y con la frente en alto.

Y así salió del escenario del Auditorio Nacional, con la frente en alto, después de que los presentes habían bebido los brebajes de su canto, después de dejar sobre sus butacas cientos de miligramos de nostalgia, después de mostrar sus gargantas desgañitadas, y sobre todo, después de curar su mal de amores, al menos por una noche.

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