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IMPULSO Estado de México || Sección Cultural

La ventana indiscreta

La ventana indiscreta

"Eterno resplandor de una mente sin recuerdos" 

Por: Eridania González Treviño 

 

"El mundo olvida, el mundo olvidado,

eterno resplandor de una mente sin recuerdos,

cada orador que se acepta y

cada deseo que se renuncia…"

Alexander Pope 

 

"Eternal Sunshine of the Spotless Mind" (Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, 2004) es la película cuyo argumento ha sido escrito antes infinidad de veces. Es una trillada historia de amor, que guarda en la construcción su originalidad estructural, la cual la aleja del simple y gastado género denominado comedia romántica.

Escrita por Charlie Kaufman, autor de "Being John Malkovich" (Cómo ser John Malkovich, 1999) y "Adaptation" (Ladrón de orquídeas, 2002), "Eterno resplandor de una mente sin recuerdos" se distingue por sus recursos estilísticos caprichosos, explotados de manera discreta pero evidente. Su narrativa desordenada es quizás el elemento de intriga más emotivo de la cinta, ya que los saltos temporales hacen la diferencia entre la linealidad argumentativa y el entramado discursivo complejo.

Inicia desde en medio, desde la mirada externa de las cosas, desde una historia que ya se empezó a contar y acerca de la cual el espectador no sabe nada. Continúa con la misma historia pero referida desde el interior, como otro plano de la realidad, continuidad que no refiere precisamente al principio, sino a la fragmentación onírica o a los recuerdos distorsionados.

El argumento se centra en la conceptualización filosófica del amor. La necedad de retar la posible existencia del destino o de luchar contra las determinaciones fijadas del subconsciente que ha ordenado al consciente las ejecute. El relato es, posiblemente, un vistazo psicoanalítico de las reacciones más vicerales del ser humano en la etapa del desenamoramiento, o en el agotamiento paulatino de los efectos químicos provocados por el organismo que ocasionan las sensaciones propias del amor, cuya duración máxima, dicen los hombres de ciencia, es de tres años.

El espectador menos científico y más apegado a los sucesos de la vida cotidiana, aquel espectador romántico e idealista elegirá pensar que la vida está llena de casualidades y que el destino existe como ley innegable del futuro, y que para cada individuo hay forzosamente otro que más allá de complementarlo, lo confirmará en el universo de los seres concretos. Pues en este filme retar al destino o a la ciencia es lo mismo que retar al pasado, es contravenir la propia existencia, por lo tanto, resulta un gravísimo error intentar olvidar.

Apenas hace unos días afirmé que todo se ilumina a la luz del pasado y, en efecto, los recuerdos más preciados nos sostienen de pie en el mundo tangible de las realidades. Por lo general sublimamos los recuerdos, los elevemos e idealizamos llevándolos a la perfección imaginaria y deseada por cada uno de nosotros. Sin embargo, hay recuerdos que quisiéramos borrar. Aquellos que golpean nuestra mente y hierven en la piel como flashasos de fuego agruroso, pero la máquina del olvido aún no existe.

En un papel mucho más sobrio, Jim Carrey protagoniza junto con Kate Winslet esta historia de amor, cuyo objetivo es olvidar. La película se desarrolla a partir de personajes que se someten a un proceso futurista de borrado de memoria. Un episodio de la vida, que aunque feliz en un tiempo se tornó desilusionante en otro, será eliminado de la mente igual que como se borra un archivo indeseable de la computadora.

En el proceso de borrado, plano onírico en el que se desarrolla la otra parte de la historia y se completa la idea discursiva, el protagonista sublima sus recuerdos, idealiza el amor y perfecciona su vida pasada, entonces, el último recuerdo se aferra a la mente para no morir.

Así comienza la lucha interna del cerebro por mantener aquel último recuerdo, y se enfatiza la búsqueda del lugar secreto donde pueda esconderse. Disputa encarnizada entre mente y máquina cuyo plano de manifestación muestra los rincones más secretos del pasado, las humillaciones de la infancia, los temores de la madurez, la otredad del individuo, la ridiculización y su deformación vista, desde luego por él mismo, de manera introspectiva. El triunfo avasallador de la mente por el resplandeciente susurro oculto en el inconsciente.

 

 

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