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IMPULSO Estado de México || Sección Cultural

Diezveintiocho

Promover la cultura

Alejandro León Meléndez

Parece extraño que a estas alturas del siglo siga en el aire la pregunta: ¿qué es la cultura? Sin embargo, es pertinente mantenerla entre nosotros. No, al contrario de lo que podría suponerse, para que lleguemos a un acuerdo los promotores culturales sobre qué es lo que vamos a promover. Sino para que continuemos el debate que es benéfico por el debate, no por su solución.

Hace unos días, los Ayuntamientos del Estado, en su mayoría, cambiaron de manos conforme a lo establecido por la ley y a lo que decidió la población. Con ellos, cambiaron de manos las casas de cultura. Así pues (porque nunca lo he ocultado de mis textos), yo entregué la que me tocó dirigir durante tres años. Siempre dije que era benéfico el cambio de directores; en primera para evitar el comodinazgo y en segunda por que los ciclos no siempre deben repetirse. Y no lo voy a negar ahora. Me da gusto haber entregado, por mí y por la casa de cultura, aunque no por la población del municipio. El acto de entrega recepción, como se le llama en el slang burócrata, es uno de los ejercicios más interesantes del colectivo humano. No es mi intención aquí ahondar en un tema sociológico del cual no podría concluir nada. Sin embargo, me apuesto a pensar en lo otro, en aquello con lo que inicié este texto. En qué es la promotoría cultural y a dónde va. Explico.

Yo nunca supe quién me sucedería en la dirección. El nuevo ayuntamiento se guardó muy bien de mantener el secreto como si fuera primordial para el Estado. Sin embargo los rumores se dieron, y yo alcancé a escuchar algunos nombres de los posibles directores. Seré franco, algunos de esos nombres me entusiasmaban, otros en realidad no tanto. Al final, me hallé como espectador de una carrera inútil por la dirección de una instancia municipal que a nadie le importa un rábano. En realidad, supe quién me sucedería hasta el mismo día de la entrega recepción, y fue apenas un par de horas antes de que yo entregara. Ningún nombre que yo había escuchado resultó ser cierto. Entregué a una señora que —según me dijeron—, solía preparar y vender garnachas en una escuela pública. Oh, desgracia. Me sentí decepcionado. (Unos días después, un amigo me bromeó: "Oye, ya pasé por Casa de Cultura, y está estrenando rótulo, ahora dice: «Casa de Cultura y Fonda la Güera»"). Después de la decepción vino el arranque, y les dije a todos y me dije hasta creérmelo: qué bueno que no tengo nada que ver con el nuevo ayuntamiento, a ellos no les importa la cultura. Pero al final de la semana ya estaba olvidado el asunto. Ahora en cambio, sólo me pregunto qué tiene de malo. Y yo creo que nada.

A las casas de cultura les detecto sólo un gran objetivo, que es el de descubrir en la población su necesidad de la cultura. Esto se logra a través de la formación de públicos, a través de la difusión de la creación del arte, a través de la difusión del patrimonio cultural tangible, intangible y vivo. Como promotor cultural siempre he tenido un problema: mi inclinación para difundir sólo una rama de la cultura: el arte. He dejado de lado las manifestaciones tradicionales, de historia, filosóficas o de culto religioso. Esas no me interesan. Por supuesto cuando me preguntan sobre la difusión de la cultura del deporte o de la cultura política, los mando al cuerno.

Por eso, la aparición de la Güera en casa de cultura podría no ser algo malo, después de todo. Y lo digo más por deseo que por experiencia. Sé, porque eso ni mi más anhelante deseo puede quitármelo de la cabeza, que en mi municipio ahora se van a promover muchas de aquellas cosas que no valen la pena: la simbología patria como fuente de identidad, los bailes del pueblo (ni una ni otra cosa necesitan promoción, se dan sin ayuda de las instancias culturales), los concursos de fachadas mejor arregladas o las tocadas de cumbia como excusa para que los nuevos cabilderos se emborrachen. Aún así, el que una mujer de la cocina esté en esa dirección, en un municipio que pasa siempre desapercibido, podría modificar al menos un par de cosas.

Pienso, por ejemplo, en la revaloración de las manifestaciones religiosas. No sólo los paseos de las imágenes o los desfiles de carros alegóricos, sino en los encuentros musicales, surgidos desde la población y por la fe. También las figuras de aserrín coloreado que se forman en el suelo de concreto, o sobre las calles.

Pienso, otro ejemplo, en la desacralización del arte como único objetivo de la promoción cultural. No deseo que olvide los talleres plásticos o de música. Sólo espero que, sin las telarañas que nos quedan a algunos gestores culturales, ella promueva al imaginario colectivo y local.

Después de todo, lo pienso ahora, esta población necesita más de las danzas que del jazz.

Comentarios a diezveintiocho@yahoogrupos.com.mx

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