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IMPULSO Estado de México || Sección Cultural

Las razones del diablo

11 de septiembre

Dionicio Munguía J.

Cuando se llega esta fecha, todos recuerdan la caída de las torres gemelas de Nueva York y olvidan un acto de traición mayor. Sí, los terroristas cambiaron la forma de ver el mundo de los estadounidenses. Sí, la eterna seguridad que soñaban los norteamericanos fue vulnerada de la manera más dura y cruel que se puede pedir. Sí, pero el olvido fue mayor ante otro hecho sucedido un 11 de septiembre, pero de 1973.

La mayor parte de nosotros teníamos 12 años cuando sucedió y no sabíamos de política ni estábamos empapados con teorías de izquierda ni teníamos conocimiento de lo que implicaba una reforma popular lograda por el voto. Chile era un país lejano de México, pero cercano en el idioma y la idiosincrasia proveniente de una España común, de un pasado que derivaba de las mismas raíces. Salvador Allende, líder de Unidad Popular, era un hombre común y corriente que se convirtió en político y supo llegar a la presidencia de donde sería derrocado por los militares, aliados a la CIA.

Las escenas de la Casa Rosada siendo bombardeada por los aviones nos llegaron lejanas y, en muchas ocasiones, con cierto grado de clandestinidad. Obviamente que los tiempos han cambiado y esas imágenes se pueden ver fácilmente en televisión, pero hasta ahí. Para los medios actuales es más importante ver cómo los símbolos norteamericanos del progreso cayeron a consecuencia de un par de aviones piloteados por extremistas musulmanes suicidas que el recuerdo de un presidente elegido por decisión popular y derrocado por decisión de un gobierno que seguía la máxima de "América para los americanos".

A 33 años de la muerte de Salvador Allende sólo aquellos nostálgicos recuerdan. Los demás, miran la televisión y se aterran de las imágenes de dos edificios maravillosos, eso sí, por lo que representa el genio humano para construir, al momento de derrumbarse y dejar en ruinas una sociedad que, según Michael Moore, ya lo está al elegir a un presidente débil y visiblemente enfermo como Bush. Me maravilla la necedad de los que piensan que ése es un acto que cambió al mundo, cuando el mundo ha cambiado mucho desde hace muchos años, tal vez desde Vietnam, o Indochina, o Cuba, o Angola, o Sudáfrica, o Chile, o Nicaragua, o Panamá, o Afganistán, o Irak.

Posiblemente nadie recordará también, en estos días, que Pablo Neruda muere después de mirar a su patria hollada por las botas militares. Por fortuna para don Pablo, no vivió la guerra sucia que siguió al golpe de estado, los cientos de miles que fueron desaparecidos, los hijos separados de sus padres, los encarcelados, los golpeados y muertos en el Estadio Nacional, en las diferentes escuelas militares y campos de la milicia donde, quienes sobrevivieron, pudieron observar el "humanismo" de los asesores militares estadounidenses que cumplían a carta cabal los Tratados de Ginebra para presos políticos. Sí, estamos celebrando un 11 de septiembre, pero no el Estados Unidos, sino el de Chile y la muerte del primer presidente socialista que hubo en América Latina: Salvador Allende.

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