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IMPULSO Estado de México || Sección Cultural

Las razones del diablo

Para leer en autobús

Dionicio Munguía J.

Uno puede acomodarse como mejor le plazca. Sabe a ciencia cierta el recorrido que llevará y la distancia en minutos que tiene por delante, si es que no se atraviesa algún inconveniente, sobre todo autos mal estacionados, choques o disputas callejeras, mítines o manifestaciones que impidan la libre circulación. Hay que ir preparados. Uno no siempre sabe con certeza lo que ocurrirá al iniciar el día, aunque el jefe no comprenda y piense, normalmente, que uno se levantó tarde para ir al trabajo.

Pero nos quedamos en el acomodo. Deberá tener la sabiduría necesaria para intentar comprender el tema del libro en cuestión, sabiendo que tiene toda la semana para leerlo, si lee rápido, o podría pasarse un par de semanas más a pesar de las buenas intenciones que se tengan. No siempre el autobús es el correcto. Esto quiere decir que no siempre se tiene la comodidad suficiente para emprender una tarea de tal magnitud.

Esto significa que el urbano tiene unos muelles excesivamente duros, lo que implica un brincoteo constante, de tal forma que, si se descuido, se puede llegar hasta el techo, o encimarse en la vecina de enfrente o caer, que es lo peor, en el pasillo donde todo mundo vera sus miserias rodar por el piso. En este supuesto caso, sólo queda levantarse, sacudirse el polvo u objetos extraños que hayan quedado en la ropa y sentarse nuevamente, pensando en que nadie, verdaderamente nadie, se dio cuenta del desaguisado. Un momento optimista a esas horas de la mañana.

La otra opción significa que el mencionado vehículo tiene una suavidad notoria al conducirse y nada ni nadie afecta el pasar de los ojos por el libro, lo que implica desaparecer el mundo, dejar de lado los problemas y suspirar por el hecho de no pasarse de la parada, siempre y cuando no sea demasiado lejos del destino original de llegada. Lo que también supone una medición casi exacta de los tiempos y un cálculo perfecto de la distancia en que podrá leer unas diez páginas sin sobresalto alguno.

Por lo general la lectura de un libro por las mañanas evita los molestos vendedores ambulantes que se suben a los urbanos vendiendo cualquier tipo de chucherías, desde plumas maravillosas hasta manuales de conducción automotriz, cómo ensartar una máquina de coser o el preparado exacto de alimentos exóticos que nunca podrás comer porque los ingredientes no se consiguen en la ciudad. A veces suben personas con historias tan desagarradotas que pueden llegar a conmoverte el alma y soltar unos cuantos pesos de un bolsillo cada día más castigado. Payasitos sin chiste que cuentan los mismos chistes, sin variante alguna, que los que oíste la semana pasada en otra línea y con otros personajes.

Por fortuna, para eso existe ese deporte no tan nacional. Leyendo un libro se puede uno fugar de la realidad circundante, dejando de lado las pantallas que nunca dicen nada interesante o que anuncian lo que el radio del urbano, a todo volumen, va diciendo. Y eso que no ha llegado el momento para declamar un poema, platicar un cuento de Juan Rulfo, o inventar una historia de piratas cibernéticos que pueda capturar la atención de todos aquellos que, por más que la muchacha que se sube en la misma parada va todo el camino arreglándose, se pasan el viaje mirando por la ventanilla, observando las mismas casas y dejándose llevar por los mismos pensamientos. Para eso, definitivamente, sirve un libro

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