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IMPULSO Estado de México || Sección Cultural

Las razones del diablo

Reconocer

Por: Dionisio Munguía J.

De pronto uno se encuentra frente a situaciones que no desea. Estar o no dentro de un campo existencial. Establecer límites donde, a pesar nuestro, se tiene una conciencia o se deshace de ella. La realidad nos impone situaciones que por momentos parecen fuera de control, fuera de la inmersión cotidiana, de las ganas de joder al prójimo que tiene el destino. Si alguien supiera lo que le depara el destino, seguramente se quedaría estático, contemplativo, perezoso. Aunque a veces eso es lo que quisiéramos algunos.

La semana pasada insistí en que la pérdida de tiempo es una falacia cruel, despiadada, sin sentido. Hoy argumento que el conocimiento que se busca a pesar de las limitaciones, en torno a una necesidad existencial, es un bagaje inútil y falto de responsabilidad. El conocimiento debe reconocer las necesidades propias, los sentimientos, las pasiones. Por años me he planteado la necesidad de evitar la pasión como un acto de vida, de no ser tan pasional, como normalmente lo soy, y escribir con frialdad, alejado de las vísceras.

Por más que lo intento, por más que lo deseo, reconozco que la pasión es parte fundamental de mi existencia como escritor. Y que de ella depende, en sí, mucho de lo que hago como ser social. Eugenio Trías dice que todo acto pasional es innato en un ser humano, que desde el primer chillido uno tiene pasión. Sin embargo, he tenido a mi lado seres que han logrado agotar la pasión en sus vidas, alejarla de manera tal que se pervierte el sentido de la misma y se transforma en un acto animal, sinsentido, acosado por recuerdos que no son de nadie, pero que pertenecen al inconsciente colectivo. Y así sobreviven, tienen hijos que poco a poco matan los sentidos de su cuerpo y se transforman en entes simples.

Veo a mi hija de cuatro años obsesionarse en un acto mínimo, tramontar cada escalón de su entorno y buscar soluciones sino inmediatas, sí cercanas, próximas. Y veo adolescentes quienes se detienen ante un mínimo problema y no avanzan, no se permiten reconocer lo que les sucede, o las posibles soluciones, o las salidas alternas a sus inconvenientes. Se traban, se tornan violentos, estúpidos, a veces animales sin razón. Y por más que intento hablar con ellos, que trato de darles formas o vías alternas, se cierran ante los problemas y dejan que otro, generalmente la madre, resuelva el conflicto.

Reconocer esta actitud es un acto de valentía. No hacerlo, implica cobardía total. Sin la pasión, sin el verdadero motor que nos hace vivir, nuestra sociedad se iría al colapso y tendríamos que abandonar la razón para vivir en un estado vegetativo, donde todo se resuelve con la voluntad de quien tiene el poder. Quizá por eso se extrañan los años en donde la juventud se levantaba en armas ideológicas, se apasionaba con su existencia y se lanzaba, a veces sin control, de manera absurda, a luchar por lo que creía. Hoy no veo esa pasión, al menos, en la mayoría de quienes me rodean.

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