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IMPULSO Estado de México || Sección Cultural

Las razones del diablo

Razones para vivir

Por: Dionicio Munguía J.

Hoy no quiero hablar de literatura. Por lo general, cuando me comunico con las personas termino hablando de tal o cual libro, de tal o cual autor, de tal o cual corriente. Por momentos parece que tengo en la mente sólo literatura y eso, aunque parezca mentira, es algo más que cierto. Emmanuel Carballo dice que los escritores deben vivir en la literatura, dormir, comer, ir al baño, al super con la literatura. Esas son parte de las razones que quienes nos dedicamos a las letras debemos tener para seguir viviendo. Pero también hay cosas más allá de la literatura, y aunque aprovechamos todo para escribir, existen ciertos momentos en que sólo deberíamos ocuparlos para vivir.

Es tan sencillo apartarse de las letras, dicen algunos compañeros, que nunca lo hacen por lo simple que resulta. Sin embargo, y a pesar de la simplicidad que esto implica, separarse por un instante de la literatura es más difícil y complejo de lo que parece. Por ejemplo, el domingo pasado, a pesar de sufrir ya los embates de la ciática que me ataca casi cada año, y después de dejar de lado las reticencias, me subí, junto con mi hija, a un par de juegos mecánicos. Fue maravilloso dejar en el piso la formula literaria y ponerme a disfrutar como niño esos minutos.

Sin racionalizarlo, deje que las sensaciones regresaran a mi mente y se apoderaran de mi raciocinio, esa estúpida forma que tenemos de dejar de lado la felicidad y asumir el rol de adulto responsable. Fueron esos breves momentos donde recuperé parte de la capacidad de asombro que no debo abandonar. De alguna manera, recuperé la vivencia infantil que deja un recuerdo indeleble, aunque en muchas ocasiones lo ocultemos en lo más profundo de nuestra existencia cotidiana. Aunque siento que la espalda, especialmente la cintura, se me quiebra, sigo con la sonrisa en los labios de la experiencia vivida.

Algo de lo que gozan los niños deberíamos aprovecharlos nosotros, los adultos, aquellos que tenemos como objeto primordial la existencia, criticando cosas que hicimos o dejamos de hacer. Por más que quiera una persona escribir sobre la infancia, no podrá hacerlo mientras no viva nuevamente la infancia. Por más que una persona quiera ser feliz acumulando objetos materiales, no podrá disfrutarlos plenamente sino ha sabido disfrutar los momentos ínfimos de una tarde en los juegos mecánicos. Es simple: a lo mejor bastaría con subirse a un columpio y dejarse mecer por un buen rato.

Así podríamos tomarle diferente modo a la vida cotidiana. Siempre y cuando tengamos la paciencia para hacerlo y no nos desesperemos ante la facilidad con que la vida nos da la oportunidad de sentirnos vivos nuevamente.

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