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IMPULSO Estado de México || Sección Cultural

Mantarraya

La agonía de la marmota

Por: Heber Quijano

"Ahora quiero que me digas sólo una cosa más" es el cierre magistral de una de las grandes novelas de William Faulkner Absalón, Absalón. "¿Por qué odias el Sur?", se le inquiere a Quentin Sutpen, cauda de una gran estirpe de amos blancos del gran Sur estadounidense, el Sur de las plantaciones, el Sur tan caricaturizado por Lo que el viento se llevó. Quentin sólo responde: "¡No! ¡No! ¡No lo odio! ¡No lo odio!". Ése fue el primer impacto que me causó La agonía de la marmota (Premio estatal para Primera Novela Alejandro Ariceaga) de Alonso Guzmán, al hablar de Toluca, "la bella": "La ciudad que en su decadencia ha criado terrores y palomas; la más alta del mundo, [que] ahora con la cabeza gacha saluda a los inmundos conserjes de la historia". Como toda relación, esta "monogamia bipolar" del escritor respecto a la ciudad-corsé, la ciudad-camisa de fuerza, es recíprocamente ambigua, pues el recuento de algunas de sus historias pareciera tener de trasfondo una especie de recapitulación. Incluso hay halagos netamente literarios a ella: "El frío con sus apuñalados dedos, siempre vigías y distantes dispuestos a tocar las venas con alevosía de amante".

Con una terrible supervisión del Centro Toluqueño de Escritores, la novela no gira en torno a ninguna anécdota más que algunas reminiscencias de lo que pudiera pensarse una libreta de ejercicios retóricos o narrativos de un joven escritor, Santiago —quien vive bajo la sombra de Gerner, un poeta joven consagrado, y del alcohol— La agonía de la marmota pareciera convertirse en una letanía existencial del escritor fallido, "¿Por qué Dante no le dio el círculo de su infierno a los escritores fallidos?" Dixit, que quiere volar a grandes brincos, a veces con una petulancia intelectual de mucha pose de cocktail y toilette: "O <>. O <>"; a veces con una prosa tan sublime y ligera que se paladea con gran delicia: "la mano derecha a la altura del pecho en figurines plásticos los dedos; apenas quise tocarte y ya palpaba, afable al deterger, tu marea de agua de molusco artero y fiel mar recargable, detritus nutricio, y ya baja el pernil endurecido y ya metía el dedo y ya lamía el quejido del canceroso y el hedor del avinagrado".

Mitad reproche, mitad confesión de impotencia, para Alonso Guzmán Toluca es un lastre, una barrera que debe superarse, como etapa pubescente, una mujer ingrata y obstinada que sigue amparada por su cobijo de mala amante y de madre abnegada bajo su rebozo de seda raída: "¡Puta ciudad elevadiza, huidiza, guangua como el pabilo de una vela derretida! ¡Puta como las palabras, mil veces eyaculada, eyaculadísima de luz, pécora! […] Ciudad de luz cadavérica, de ásperas gasolineras como barros prendidos a la mugre. Ciudad: no te quiero ver […] ¿Sabes? Fue ella quien se llevó todo […] en sus portales como mandíbulas de cetáceo fósil". Ahora sólo quiero decirles una cosa más: La agonía de la marmota bien vale entrar en nuestras provincianas bibliotecas.

heberquijano@yahoo.com.mx

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