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IMPULSO Estado de México || Sección Cultural

Mantarraya

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Paquito D´Rivera, acústico éxtasis lúdico

Por: Heber Quijano

Burbujeando subió la candela por los oropeles y las columnas decimonónicas de Bellas Artes Orquesta Sinfónica Nacional; cosquilleando contó los compases el rubor que crece en las plantas de los pies, impacientes pavesas que bailan desencadenadas de la batuta cerebral; tarareando resonó Broadway en la Ciudad de México con las reminiscencias rítmicas de Gershwin y Ellington; efervesciendo el olor a tabaco, ron y arroz, irradió por las altivas manos que se ofrecen para tomar la dirección de un buen danzón: Paquito D´Rivera vino a México.

Claro, no puedo negar mi emoción y dejar de lado mi supuesta y prometida objetividad, pero ya sabe usted que la música siempre domina a las bestias. Y no sólo eso, hay ocasiones en que las bestias —perdón nosotros los de a pie—, podemos llegar a intuir lo sublime y lo etéreo a través de ciertas melodías. Aquí podemos hablar del Réquiem de Mozart o del de Verdi, de la Quinta o de la misma Titán de Mahler, de la Novena de Beethoven y la que usted guste, incluyendo claro la música popular. Claro, por qué no, si el propio D´Rivera elogiado por la exigente prensa especializada estadunidense, el D´Rivera pupilo virtuoso del maestro Dizzy Gillispie, el Paquito que esplendió su candor cubano con toda la raza chilanga haciendo una improvisación sublime de Al fin te vi, además de arreglos ya más elaborados a Andalucía, ambas del danzonero habanero Ernesto Lecuona.

El músico, que formara el mítico Irakere junto al pianista Bebo Valdés, colmado de premios, condecoraciones y elogios (como éste), mostró su cordialidad en todo momento, incluso cediendo al típico desasosiego insaciable de los espectador. A pocos fraseos quedó de reflejar esa esencia inefable del Johnny Carter de El perseguidor de Julio Cortázar, cuento por demás clásico del escritor argentino amante del jazz. En definitiva, el Bar Zinco debió ser un limbo en ese oasis nocturno en que a veces se convierte la Ciudad de México, como reseñó excelentemente narrado por Pablo Espinosa hace algunos días.

Jazz suave, danzón, big band, improvisaciones, sabor caribeño, música académica, clásica o culta —como usted guste—, de cualquier género podemos entender esa intuición tan precisa y tan destacada por Cortázar: "yo creo que la música me metía en el tiempo". La música es por su raíz rítmica, por su evocación del cadencia cardiaca (que algunos consideran el origen de la música), por su simulación de los sonidos que nos rodean y por su base elemental, el silencio, el medio más consistente para hacernos entender esas revelaciones espontáneas, impredecibles y esporádicas respecto a la vida, que Joyce llamaba epifanías. No en vano dice la canción: "Que me entierren con la banda". El propio Ezra Pound pedía a los poetas aprender a tocar un instrumento en aras de entender la dinámica del ritmo. Ya vendrá Paquito de nuevo a Toluca, como lo hizo algunos, para hacernos volar en fa, en do o en nuestro asiento.

Comentarios: heberquijano@yahoo.com.mx

 

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