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IMPULSO Estado de México || Sección Cultural

Las razones del diablo

 

Crisis

Por: Dionicio Munguía J.

 

Por más que intento encontrar soluciones a la poca productividad literaria que he padecido en estos últimos días, los resultados presentan secuelas nada agradables. Las hojas en blanco se van acumulando en la imaginería personal, dejando impolutos montones de páginas que no han rozado las palabras que, por lo general, obtengo sin grandes esfuerzos. Incluso esta columna que ahora escribo tiene ya tres versiones que no han satisfecho las exigencias personales de comunicación. Por más que intento, las palabras que se hilan dejan mucho que desear y son "deleteadas" de forma inmediata, lo que provoca una desazón interesante en los dedos.

No importa que Celso Piña esté en mis oídos. Lo que siempre ha sido importante para mí, la música, ahora no es precisamente una gran ayuda. Por más que respiro, hago mantras, invento juegos de palabras (que por cierto no pasan de tres), busco en imágenes, fotografías, sueños, nada sale, nada brota de mis manos. Mi mente se siente alejada del lenguaje y sólo imágenes literarias inconclusas suelen llegar de vez en cuando, sin gran fuerza, como si tuvieran una flojera ancestral que no siempre es muy buena.

Este tipo de crisis suelen ser muy constantes, cíclicas. Cada tres o cuatro meses me inhabilito para escribir, dejo de lado la pluma (porque soy un anticuado y escribo la poesía con pluma o lápiz, nunca en la computadora), abandono los cuadernos donde se inscriben las palabras, queda mi taza de café a un lado de la televisión que me acompaña por las noches cuando me siento a observar el árbol casi seco que se mira a través de mi ventana.

A veces es la niebla la que cubre el paisaje. A veces una capa de hielo que crece con parsimonia. A veces sólo la noche y la soledad del auto abandonado, los gatos que maúllan con frío o de frío en la esquina. La respiración de mi mujer o mi hija en el silencio del departamento. Y la música suave, a veces casi inaudible, que circula entre los libros y los discos que aguardan el momento para ser usados. Y por más que quiera forzar el momento, la necesidad vital de escribir debe detenerse porque los productos son nada deseables.

Una de las cosas que siempre intento inculcar en la gente con la que trabajo literariamente, de manera constante, es que forzar la palabra sólo lleva al caos del lenguaje, y más en el poético. La poesía no permite el caos. Lo acepta, lo encubre a veces, pero siempre con la lógica interior del poema, siempre con la existencia del poema mismo. Cada ocasión en que descubro el caos en los poemas recién pergeñados, a pesar de quien los escribe, trato de desenredar el caos provocado, la crisis del lenguaje en el que el poeta ha caído. Y también demostrar que el lenguaje fue forzado a un límite más allá de la lógica del poema. Es por eso que siempre que aparece esta crisis de páginas y páginas en blanco, sin oponerme, dejo de lado los cuadernos, la pluma, mi taza de café y la música para dedicarme a leer, porque comprendo que este momento de insatisfacción literaria pasará. 

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