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IMPULSO Estado de México || Sección Cultural

Las razones del diablo

Hablar del libro de bolsillo

Por: Dionicio Munguía

En días pasados leí la columna de David Martín del Campo en el Reforma alrededor de los libros de bolsillo y su indudable contribución a la actividad lectora de muchos de nosotros. A pesar de que la calidad del papel no es de larga duración, y de que se vuelven amarillos después del sexto o séptimo año, hemos adquirido ejemplares que al paso de los años, en las librerías de viejo, se vuelven más baratos y accesibles a quienes el presupuesto no alcanza para adquirir ejemplares nuevos o ediciones recientes.

Al leer la nota, fue obvio que recordé la colección de ciencia ficción que coordinara Carlo Fabretti para Bruguera, además de los diferentes autores en lengua española y de otros idiomas que cayeron en mis manos con el paso del tiempo. Aún hoy sigo adquiriendo ejemplares que descubro en librerías de viejo, sobre todo porque son reliquias de un pasado lector o, en su caso, porque son obras que no he leído y no están incluidas en mi modesta biblioteca personal. Libros memorables como Las afueras de Juan Goytisolo, Gatopardo de Lampedusa, El extranjero de Camus y otro buen número de autores diversos, a veces no tan conocidos, o en ocasiones demasiado editados por casas editoriales de gran envergadura.

El libro de bolsillo ayudó bastante a crear un bagaje literario que con el tiempo se ha convertido en necesario para mi función como periodista o coordinador de taller literario. Obvio es que no son la mayoría de ejemplares que existen en mi biblioteca, pero sí un número considerable de existencia. Y como dice David Martín del Campo, debemos sentir admiración por la creación del concepto, porque significó un real acercamiento a la literatura más accesible, o por las implicaciones que tuvo en el crecimiento intelectual de nosotros, esta generación sánduich de la que hablaré en otra ocasión, y que es la nacida entre la modernidad y la postmodernidad tan en boga en el siglo pasado. O sea, la nostalgia pura y sin ambigüedades de quienes crecimos en los setenta con la aparición de las computadoras personales.

Todavía me acompaña un libro de bolsillo en mis correrías lectoras. En ocasiones, como también dice Martín del Campo, es fácil descubrir al lector que trae en su bolsillo, ya sea en el pantalón o en la chamarra, un ejemplar que lee con fruición mientras viaja los minutos interminables de la casa al trabajo o viceversa, y de los sufrimientos que tenemos con la velocidad de los conductores de urbanos en nuestra ciudad. Son tantos los brincos que no es ocasional el que se nos vaya una línea o la distracción por evitar el golpe nos saque de la concentración que llevamos al momento de la lectura.

Pero de que se volvió imprescindible el libro de bolsillo en nuestra existencia, es algo innegable, a tal grado de que muchas casas editoras de renombre o editoriales, marginales o no, chicas o medianas, han usado y vuelto a usar el concepto en sus ediciones para acercar a muchos o pocos lectores.

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