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IMPULSO Estado de México || Sección Cultural

La ventana indiscreta

La ventana indiscreta

"El violín"

Por: Eridania González Treviño

 

"A los viejos como yo ya se nos ha concluido,

el amor que dios nos dio, él mismo lo ha recogido,

solamente nos quedó el pedo y el relinchido."

Plutarco Hidalgo (Don Ángel Tavira)

La industria del cine en México es prácticamente inexistente. De ahí el fracaso de las películas mexicanas cuya pretensión primordial es saturar las taquillas de ventas con la mala imitación de filmes, de cualquier género, realizados en Estados Unidos y Europa, resultando un producto en exceso mediocre con errores involuntarios de edición, argumentos flojos, personajes olvidables.

Lamentablemente son cintas que evidencian la ausencia de brillantes recursos estilísticos, relatos vacíos y la escasez de presupuesto. Precisamente, este obstáculo monetario pasa desapercibido cuando la película es de indiscutible buena calidad. Ejemplos no hay muchos, y uno de ellos es el que hoy resalto, y lo hago por su mérito artístico, por su logro de pasar los topes como si se tratara de suelo firme y liso, y, sobre todo, por su intención "Revolucionaria"."El violín"

(2005) es una película mexicana en un límpido blanco y negro que evoca la melancolía contagiosa de la tierra árida, de la sangre campesina, del origen olvidado. En tomas conmovedoras vemos la silueta a contraluz de nuestro pasado, cuyo horizonte es el infinito cielo azul del vacío y un caminar incógnito hacia delante, siempre hacia delante.

Tres generaciones de lucha, que representan toda la existencia del hombre, ofrecen un guiño a los quizás pocos espectadores, que pasivos observan desde sus butacas una trama que parece no decir nada y lo está diciendo todo. Un pequeño recordatorio de que las luchas nunca se acaban, y que nuestro pueblo sigue en pie de guerra a pesar de que de ésta no sepamos absolutamente nada. Una llamada de atención para todos aquellos que olvidan e ignoran que los pobres, los despojados, los miserables, los ajenos, también somos nosotros, que entre todos nos pertenecemos y que seguimos oliendo a tierra.

Es un filme acerca de nuestra historia tantas veces repetida y tan estática. Como una fotografía en movimiento –de fondo la melodía de un violín que desafina–, esta cinta narra una historia que carece de tiempo, lugar y espacio, (porque es todos los tiempos, los lugares y los espacios), en un conjunto de imágenes continuas que en grito silencioso enuncian la historia ya olvidada, ignorada, perdida en los archivos de la memoria histórica del pueblo.

Es la fábula eterna de nuestros antepasados y presentes desplazados de sus tierras, condenados a vivir en el sombrío margen del encuadre de un retrato del país. Ahí, debajo del garigoleado marco, están ellos como si no existieran, ausentes para la mirada de los nuevos pintores.

Francisco Vargas Quevedo, su director y guionista, coloca en "El violín" a un anciano en el que se deposita el gran significado, el del verdadero hombre, el del origen de toda la existencia, que se fue transformando hasta convertirse en aquel individuo orillado, por un error de los dioses, a luchar incansablemente contra la avaricia de los otros.

Este viejo manco que ya ha luchado y ha perdido la batalla, es la representación canosa y arrugada de la historia de México ya muy fatigada, que ha sido legada al maduro para intentar renovarla, para inyectar en ella un gramo de esperanza a aquel futuro incierto que será heredado al más joven de ellos.

Y como si hubiera pasado ayer, como si sucediera hoy, una vez más, soldados despojando a civiles de sus propias tierras. Soldados ignorantes de su pasado, olvidadizos individuos de su origen, persiguen inagotables a sus peores enemigos, a sus desconocidos hermanos los campesinos, que se han convertido en nómadas, en extraños de su propia "patria".

Y a un costado de la batalla, nosotros, los más pobres de todos, los ignorantes que elegimos fijar la mirada en un engañoso e inalcanzable sueño occidental, los necios que negamos nuestro parecido casi idéntico a esas pieles mestizas desnudas que frente a nosotros se exhiben sin temor a ser juzgadas y con la exigencia de ser vistas. Y yo sólo escucho y callo, ya no hay nada qué decir, hace mucho tiempo que negamos nuestra existencia, quizás de fondo nos deban poner la música de un violín.

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