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IMPULSO Estado de México || Sección Cultural

Las razones del diablo

 

Olímpicos

Por: Dionicio Munguía J.

 

Para algunos, la nostalgia de cada cuatro años inicia después de la clausura de los juegos olímpicos. Para otros, es el descanso de los deportes por estas dos semanas de intensa actividad. Aunque las transmisiones fueron generalmente nocturnas, era inevitable desayunar, comer y cenar con las olimpiadas, las hazañas y los resultados frustrantes que se apropiaron de los comentarios de sobremesa, en la cafetería y hasta en los talleres literarios. Era obvio que esto sucedería, porque así es cada cuatro años, ya sean estos juegos, o los de invierno o el mundial de futbol.

Incluso en estos instantes están en activo los otros juegos olímpicos, los especiales, los llamados paralímpicos. Son quizá con mucho, mejores que los normales, puesto que aquí tenemos que reconocer la valentía de los deportistas ante las limitaciones y el esfuerzo que logran proyectar. Sin embargo, son menos publicitados y, obviamente, menos televisados que los que acaban de terminar. Esa es la injusticia de la sociedad humana.

Sin embargo, la relación que todas estas actividades humanas tienen con la sociedad es inevitable. Por instantes, todo lo que se oía en la calle era el triunfo de los atletas mexicanos, o el fracaso de los mismo, la poca seriedad que se tiene para con el deporte, la nula promoción en escuelas, universidades u lo que sea, donde sea, en este gran país. Esta promoción casi inexistente, dicen los expertos, provoca que los atletas mexicanos no puedan ser triunfadores, o como dijo un sedicente comentarista de televisión, para esta raza de bronce, sólo el bronce es bueno o hasta menos. Obviamente fue crucificado y vilipendiado, pero definitivamente, en cierto punto, tiene razón. El conformismo atlético es notorio y cada vez aceptamos la cercanía a los primeros lugares más que los primeros lugares como meta.

Algo semejante ocurre con otras áreas. La ciencia, la cultura y el desarrollo tecnológico es menor en proporción a la cantidad de habitantes que se tiene. El beneficio obtenido es un porcentaje mínimo con el objeto creado. Es decir, por ponernos en nuestro tema, que cada vez se publican más libros pero al mismo tiempo existen menos lectores. Revertir este efecto no es sólo del gobierno o de las instituciones adecuadas, sino también de los ciudadanos, o sea, nosotros. Cada año fincamos responsabilidades a los funcionarios en turno, pero dejamos de lado la parte de responsabilidad que nos toca.

Todos comprendemos que el aprendizaje no se obtiene sólo en la escuela, sino también en casa, y cada vez aceptamos menos este método de aprendizaje: deseamos que todo se lo enseñen en la escuela a los niños y eso, por supuesto, no es factible. La lectura, el hábito de leer, se obtiene en casa y no en la escuela. Si los niños ven más televisión y se entretienen con esta niñera, es obvio que la lectura queda de lado. Hay que aprovechar este tipo de eventos, las olimpiadas, por ejemplo, para inculcarles el gusanillo de la investigación. Mi hija habla ya de China, no tanto por los juegos, sino por los cuentos, leyendas, historia y hasta un poco de poesía que pude proporcionarle. Pero no fue suficiente. Ya me juró que cuando aprenda a leer bien, me buscará más información sobre este país asiático. Espero que podamos cumplir los dos con esta expectativa.

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