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IMPULSO Estado de México || Sección Cultural

Mantarraya

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Verónica Volkow y Litoral de tinta

Por: Heber Quijano

 

La sombras se despliegan entre la poesía de Litoral de tinta, de Verónica Volkow. Son las sombras que se postran inexorablemente sobre nosotros: el tiempo, la muerte, el deseo; en las que podemos encontrar reminiscencias de la nostalgia de la muerte y de los temores metafísicos de los románticos ingleses: "Desalojaron las sombras/ los laberintos del sueño", "Observa frío, incrédulo el espejo:/ el puñal escarlata, el cuerpo abierto/ que cayó como sombra de sus dedos,/ y ve su rostro: animal incierto.

Para Volkow la vida es de pronto un mal simulacro: "Por encontrarte anclado de tu sombra/ aunque por mares y por tierras viajes,/ no dejarás tu pie de planta rota,/ ni el incierto venero de tu sangre". Sin embargo, sobresale ese temor existencial, una crisis muy cercana al nihilismo, que nos hace pensar si la muerte precede la vida: "parecieramos, a veces, una sombra/ que lame infatigablemente un cuerpo,/ el eco que diluye el grito,/ el fuego que la leña reverdece./ Pareciéramos ser la abuela clandestina/ que toca los pechos de su nieta/ con ademán culpable y envidioso". Con una sintaxis y un lenguaje que nos recuerda a Villaurrutia, Volkow se concentra en expresar una nostalgia de la vida, fugaz, que poco a poco desaparece, convirtiéndose en eco: "tiene un primer rostro la muerte que remeda/ la vida como un eco".

 

Por otro lado, el deseo contenido, la intuición del goce --que se premedita, se supone, se hipotetiza-- irrumpe, con un desdén de muerte, con un ímpetu insobornable, la saciedad: "¿Cómo podría decirlo,/ decírtelo?/ si no puedo tenerte y sólo te recorro/ en el paisaje del tacto,/ […]/ inminente como la intuición del gato"; o, "¿Y hasta qué punto podríamos retenernos, / retener algo, alguien,/ más allá de la caricia que regala el mundo a los sentidos". Como decía Bataille, el erotismo siempre se aviva con el aguijón de la muerte: "Sólo brilla la carne/ en el espejo de los dedos".

Sin embargo, el demonio que se aloja en la piel despierta con toda su osadía al contemplar la juventud: "En tu cuerpo/ no se mezclan todavía el niño y el adulto/ como el mar y la roca, indisolubles y ajenos/ […]/ ¡Qué oscura la belleza hacia sí misma!/ ¡Qué oscura a la muerte paulatina que la doma!". La cúspide arrebata y nos deja a la deriva, en "Despedida": "hay tardes en que se agostan los pasillos/[…]/ y se mueren de olvido las madres y sus tejidos sin hilos./ Hay tardes en que bostezan de sombra los zapatos bajo las camas/ y los sapos están muertos bajo el pavimento/ […] Hay tardes en que da lo mismo seguir o detenerse,/ lo mismo ser hombre o ser mujer,/ [o]/ vieja que canta con los dientes roídos/ o espejo estancado en un cuarto de hotel,/ y se pueden subir las escaleras,/ abrir todas las puertas/ y encontrar la carne prohibida que refulge/ en el horizonte de la cama al igual que una nube".

Litoral de tinta es más que un libro; es una cuerda floja en la que no hay red que detenga al espectador que mira el golpe del piso en cada poema; es el estremecimiento ante las sombras que nos acompañan a diario.


 

heberquijano@yahoo.com.mx

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