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IMPULSO Estado de México || Sección Cultural

Columnas

Las razones del diablo

Acuarelas

Dionicio Munguía J.

No sorprende lo que sucede en el mundo. Por un lado, la violencia incomprensible en Irak, en Oaxaca. Por el otro, el morbo de quien compra obras de arte basado en el nombre del autor. Todo esto viene porque hace unos días salió la noticia que pondrían a la venta acuarelas de aquel hombre bajito, con un ridículo bigote y causante de millones de muertes durante la Segunda Guerra Mundial.

Dicen los entendidos que las acuarelas de Hitler, al menos las de su época de soldado durante la Primer Guerra no son tan malas, aunque la excelsitud no es un signo característico de este sombrío personaje. Las reseñas de años atrás sobre esta obra implican un uso muy definido del color y, aunque el tema no es precisamente original, la técnica usada por el dictador alemán le permite crear obras que no llegaran a la categoría de arte. Contradictorio, pero plausible.

La locura, dice Erasmo de Rótterdam, es inherente el ser humano. Todos, de una forma u otra, tenemos un grado de locura que avanza conforme la época y los diseños sociales a los que somos impuestos. Los artistas, en general, tienen un grado de locura que desencadena el genio creativo. Freíd analizaba el cerebro humano desde la perspectiva del sexo y, en un estudio, determina que Hitler es un hombre con frustraciones y complejos que lo llevaron a crear un mundo irreal, repleto de conspiraciones judías que debían ser eliminadas para que la humanidad tuviera al fin una era de paz y concordia, o al menos eso entiendo de ese mamotreto que es Mein Kemp (Mi lucha).

Ahora bien, la locura actual no sólo es de los individuos, sino de las instituciones que pretenden tener la razón de todo aquello que pueda significar un acto cultural. Aunque la subasta de las acuarelas de Hitler es un acto comercial, una simple y posiblemente venta millonaria de morbo, no deja de ser un síntoma más de la locura actual. Programas de televisión llamados realities, son la muestra viviente de lo que sucede en nuestra actualidad. Me viene a la cabeza ese maravilloso libro de Asimos (La Fundación), donde, desde la perspectiva espacial, analiza la situación de una sociedad aislada que domina los mundos cercanos, primero con la religión, después con el comercio y al final con la fuerza. La creación del Nuevo Imperio Galáctico.

Asimov, dijo en una entrevista, se basó en la historia del Imperio Romano para escribir esa serie ahora mitológica. Pero la realidad nos demuestra que la locura asimoviana es más que factible en esta época donde las acuarelas de uno de los mayores dictadores de nuestro mundo pueden ser subastadas hasta la módica cantidad de cinco mil dólares. Obviamente el precio lo pondrá el morbo, no la calidad artística. Sólo falta que Hussein, Bin Laden, Milosinevic, Chávez o el propio Bush agarren el pincel, graben un disco, hagan una telenovela o escriban un libro para que las ventas, como le sucedió a Chomsky, se disparen de manera brutal.

La cima

Cultura: espacio y arte

Bernardino Rubio Tamariz

 

Actualmente se percibe a la cultura como una expresión posmoderna debido a que se manifiesta y distribuye por medio de las nuevas tecnologías tanto materiales como simbólicas y lingüísticas. El éxtasis de las comunicaciones se representa a través de la televisión de HD, la computadora portátil, el internet inalámbrico, los reproductores musicales, la sociedad de la información virtual etc. que constituyen instrumentos para reproducir, resignificar, trasmitir y condicionar el espacio cultural, en donde se concibe al arte como una inducción tecnológica para adquirir y consumir expresiones populares, música, marcas y moda.

La cultura dentro del proceso globalizador se masifica y aporta nuevos lenguajes que son necesarios para entender y hacer uso de las nuevas técnicas ilustrativas. El espacio en donde se producen y viven las diferentes modalidades culturales propone el uso de las nuevas tecnologías para proveer a los individuos de los recursos necesarios para enfrentar tendencias mercantilistas que hacen del arte comunicación masiva. Sobre todo hay que entender que las expresiones artísticas son únicas e irrepetibles y por consiguiente son producciones culturales o parte de una cultura que se encuentran inmersas en espacios que permiten establecer agendas temáticas y apropiaciones de las actividades y variaciones, fijadas en lugares que se designan como "casas de cultura".

Lo espacios artísticos y culturales son lugares sugestivos y apropiados que dan registro a los esquemas conceptuales disponibles de cada época (museos, galerías de arte, exposiciones, los mercados, teatros, cines, las explanadas y los conciertos de música popular) que permiten la apreciación de las condiciones, actividades y expresiones culturales que buscan la utilización del espacio de forma conciente para construir una función original que no deje de ser abstracta de acuerdo a las realidades locales de cada región , entidad o provincia de la nación mexicana. Por lo tanto dentro de la escena local mexiquense también se encuentran actividades y formas culturales que dan forma al territorio artístico local, que igualmente hace uso las innovaciones tecnológicas con el fin de diversificarlas y divulgarlas sin perder su identidad propia y su relación con el contexto local. Es decir que no todas las presentaciones posmodernas desterritorializan a la cultura, sino que sirven para trasportar al arte originalmente ejercido en un determinado lugar, a otro con el cual no está histórica ni socialmente relacionado, y es aquí en donde en los museos, galerías etc. permiten promover la institución del espacio cultural sin artificialismos de origen, sino como objetos artísticos que cumplen la función de expresar emociones y sentimientos, muchas veces apoyados (más no condicionados) por aspectos tecnológicos que sirven para privilegiar a la cultura por encima de las producciones de la industria cultural.

El hecho de que haga mención a la transportación artística es para referirme a que las creaciones técnicas sirven como instrumentos para entender, valorizar y transportarnos a épocas, lugares y momentos reproductores de modalidades que representan el espacio cultural de forma compleja y autentica que permite incrustarnos en sus contextos y ocasiones originales.

De igual manera los espacios artísticos privados y las producciones culturales industriales, que se reproducen actualmente de forma descontrolada, son muchas veces instrumentos del marketing que realmente son locales de presentación de moda y que en muchas ocasiones acogen exposiciones en bares y restaurantes que consideran locales de reunión cultural, pero estos jamás lograran crear un espacio en donde se logre la identificación y asimilación de las obras, por lo que en muchas ocasiones el buscador de prestigio simbólico sustituye al conocedor, ya que el primero lo rebasa en poder adquisitivo y de consumo.

Cabe señalar que dentro de la cultura como espacio y arte se designa a cualquier lugar destinado a la promoción cultural desde un aspecto que destaque el carácter de sus nociones y las influencias de presencia independientemente de su lugar de origen. Toda creación del hombre es considerada por muchos estudiosos sociales como cultura, así que desde los museos hasta los mercados de cultura popular son espacios de abstracción de contextos tanto universales como específicos en donde ambos hacen uso de las nuevas alternativas tecnológicas que se les presentan.

 

foreveryoung24@prodigy.net.mx

 

 

Las razones del diablo

11 de septiembre

Dionicio Munguía J.

Cuando se llega esta fecha, todos recuerdan la caída de las torres gemelas de Nueva York y olvidan un acto de traición mayor. Sí, los terroristas cambiaron la forma de ver el mundo de los estadounidenses. Sí, la eterna seguridad que soñaban los norteamericanos fue vulnerada de la manera más dura y cruel que se puede pedir. Sí, pero el olvido fue mayor ante otro hecho sucedido un 11 de septiembre, pero de 1973.

La mayor parte de nosotros teníamos 12 años cuando sucedió y no sabíamos de política ni estábamos empapados con teorías de izquierda ni teníamos conocimiento de lo que implicaba una reforma popular lograda por el voto. Chile era un país lejano de México, pero cercano en el idioma y la idiosincrasia proveniente de una España común, de un pasado que derivaba de las mismas raíces. Salvador Allende, líder de Unidad Popular, era un hombre común y corriente que se convirtió en político y supo llegar a la presidencia de donde sería derrocado por los militares, aliados a la CIA.

Las escenas de la Casa Rosada siendo bombardeada por los aviones nos llegaron lejanas y, en muchas ocasiones, con cierto grado de clandestinidad. Obviamente que los tiempos han cambiado y esas imágenes se pueden ver fácilmente en televisión, pero hasta ahí. Para los medios actuales es más importante ver cómo los símbolos norteamericanos del progreso cayeron a consecuencia de un par de aviones piloteados por extremistas musulmanes suicidas que el recuerdo de un presidente elegido por decisión popular y derrocado por decisión de un gobierno que seguía la máxima de "América para los americanos".

A 33 años de la muerte de Salvador Allende sólo aquellos nostálgicos recuerdan. Los demás, miran la televisión y se aterran de las imágenes de dos edificios maravillosos, eso sí, por lo que representa el genio humano para construir, al momento de derrumbarse y dejar en ruinas una sociedad que, según Michael Moore, ya lo está al elegir a un presidente débil y visiblemente enfermo como Bush. Me maravilla la necedad de los que piensan que ése es un acto que cambió al mundo, cuando el mundo ha cambiado mucho desde hace muchos años, tal vez desde Vietnam, o Indochina, o Cuba, o Angola, o Sudáfrica, o Chile, o Nicaragua, o Panamá, o Afganistán, o Irak.

Posiblemente nadie recordará también, en estos días, que Pablo Neruda muere después de mirar a su patria hollada por las botas militares. Por fortuna para don Pablo, no vivió la guerra sucia que siguió al golpe de estado, los cientos de miles que fueron desaparecidos, los hijos separados de sus padres, los encarcelados, los golpeados y muertos en el Estadio Nacional, en las diferentes escuelas militares y campos de la milicia donde, quienes sobrevivieron, pudieron observar el "humanismo" de los asesores militares estadounidenses que cumplían a carta cabal los Tratados de Ginebra para presos políticos. Sí, estamos celebrando un 11 de septiembre, pero no el Estados Unidos, sino el de Chile y la muerte del primer presidente socialista que hubo en América Latina: Salvador Allende.

Diezveintiocho

Desde la independencia, segunda parte

Alejandro León Meléndez

Luego de pláticas con algunas amigas pude identificar otro más de mis desconocimientos acerca del mundo. Acerca del valle en el que vivimos. Este asunto de la promoción cultural desde la independencia ha rondado mi cabeza desde hace algunos meses, no sólo porque deseo comprender sus raíces, anunciar los logros o proponer algún camino. También porque desconozco el verdadero tamaño de un movimiento cultural independiente en nuestros días.

Podemos identificar más de un par de asociaciones civiles (o grupos organizados de amigos) que surgieron en Toluca hace algunas décadas. Son nuestras propias mafias, surgidas en proporción directa con el tamaño de la ciudad. Tienen el poder de los medios, de los conocidos en los sitios importantes de la gestión cultural de gobierno (cuando no son ellos los que ocupan estos cargos) y han estado tanto tiempo aquí que no queda de otra más que hacerles caso. Se han enemistado entre ellos, se han reconciliado o dado, al menos, el beneficio de la duda. En algunos casos, los miembros de estos grupos son compartidos, otras veces los miembros van y vienen de un lado para otro intermitentemente. Las más de los casos, los miembros se desentienden de lo que hacen sus cabezas y sólo regresan a sus mafias cuando quieren salir en la foto. Por mucho tiempo, estos grupos han protagonizado la escena cultural de nuestro valle. Aun ahora son quienes mandan, quienes presionan para que tal o cual cosa se lleve a cabo o no.

En esta plática con las amigas surgió la pregunta: ¿desde la independencia, qué ha surgido entre los setentas y los dosmiles? Y la respuesta es: casi nada. No en cuanto a promoción cultural. Da la impresión que los protagonistas locales se han hecho en la soledad, tanto en el ámbito creador como en el de la promoción. Y, en casi todos los casos se dejaron abrigar por la comodidad del padrinazgo estatal. Cada quien vio por su santo. Pareciera que esta es una característica de generación. (Sin embargo, decir que esto es cierto en su totalidad podría conducirme a un error: el de mi propia ignorancia histórica).

Es, en cambio, un hecho curioso que en los últimos cinco años, más o menos, sí han surgido grupos culturales independientes dentro del valle. Muchos de estos grupos promueven la cultura sólo por el afán de hacerlo, con un deseo de que la obra de sus allegados sea difundida y que la sociedad aprenda a quererla. Algunos de estos grupos de promotores han buscado apoyo de gobierno por medio de becas, otros no lo hacen. Algunos han aprendido a buscar el apoyo de las empresas o de la propia sociedad. Algunos de estos grupos ponen dinero de sus bolsas, otros hacen maravillas con los cinco pesos que se hallaron tirados. Y se pueden observar no sólo dentro de Toluca y Metepec, también los vemos en Tenango, en Ocoyoacac, en Valle de Bravo, etcétera.

Lo verdaderamente interesante de este fenómeno es que, aunque la mayoría se niega a usar ciertas palabras, cada vez hay más entes que se animan a manejar términos como empresa cultural. Los términos de otras décadas, como hecho con apoyo de gobierno cada vez dan más vergüenza.

Los colectivos de artistas, emulando a lo que ocurre en otras partes del país y del mundo, ya se organizan como pequeñas empresas. Hay un director, un tesorero y alguien encargado de las relaciones públicas. Y no son sólo los teatreros o grupos de rock. También los vemos entre los artistas plásticos, entre los escritores y videoastas.

Ignoro si esto se da gracias a la enseñanza de los primeros grupos culturales independientes (no lo creo en su totalidad). Ignoro si es un fenómeno privativo del Estado de México o si es un hecho global. Ignoro si la sociedad en realidad pueda observar y agradecer los esfuerzos. Y repito: la falta de información me hace ignorar si un fenómeno similar se dio en la década de los ochentas, o los noventas. Puede ser que sí y que la desaparición de los posibles grupos anuncie que de esta década sólo sobrevivirán uno o dos empresas culturales. No lo sé. Sólo me queda invitar a los lectores a visitar los espacios alternativos de promoción de la cultura, como el que se halla en la calle de San Bernardino, en Toluca, o el que se encuentra en Pilares; las exposiciones colectivas en las plazas de los municipios; a buscar las páginas de internet; a escuchar las tocadas de jazz, de boleros; sugiero que platiquen en algunas librerías cafés o que visiten los museos de sitio.

Y si van a pagar su entrada averigüen si el dinero es para el gobierno o no. A lo mejor, así tendrán la certeza deque su dinero será usado en algo que verdaderamente vale la pena.

diezveintiocho@yahoogrupos.com.mx

Las razones del diablo

Música para deleitarse

Dionicio Munguía J.

Escucho con pasión la Quinta Sinfonía de Mahler. Sinfonía que le pone a quien la escucha la piel de gallina. Música que alienta la creatividad e implica una sensibilización suficiente que llega a los sentidos por todos los poros del cuerpo, no sólo por los oídos. Es fascinante. Impresionante. Increíble. Una recomendación necesaria y obligatoria.

Dentro de los talleres literarios que suelo dirigir, la música tiene un papel primordial. Es obligatorio escucharla, de cualquier tipo, pero sobretodo, aquella que incita a los sentidos para lograr un estado de ánimo propicio que puede llevar a la literatura. Siempre les digo a quienes asisten a mis talleres, que la música va ligada con la literatura por el ritmo y la musicalidad que otorga a las palabras. Y es tan sutil escucharla, que se transforma en un elemento obligado en quien escribe. Elemento que se incluye en versos y párrafos, en cuartillas y libros.

Existen grandes obras que utilizan la música como ambiente o están particularmente insertas en una obra musical. Mahler, por ejemplo, es un elemento irremplazable en la película de Luchino Visconti, Muerte en Venecia, basada en un libro homónimo de Thomas Mann. Y piezas de Wagner, Debussy, Alban Berg y otros tienen participación importante tanto en la literatura como en el cine. Obviamente esto no es simple mercadotecnia, sino la necesidad de unir el arte con el arte, de fundir las notas musicales con las palabras.

Como elemento primordial de los talleres literarios, la música debe ser incluida, sino como parte de un ejercicio de sensibilización, sí como acompañamiento en una sesión de taller, que por demás está decirlo, se transforma en un silencio de catacumbas donde sólo la voz del coordinador se escucha. En este sentido, la música debe acompañar la lectura de los trabajos presentados y, cuando así lo requiera, ser ejemplo de cómo debe ser el ritmo de un poema; al menos eso es lo que creo y realizo normalmente en los talleres.

La música es fundamental para escribir bien. Se deben tomar elementos de ritmo, tiempo y transición, que es común en las obras musicales, y llevarlos a la palabra escrita. Es mucho más impactante un silencio bien logrado que un sinfín de signos ortográficos. Cuando en un poema se usan estos elementos musicales, el verso gana, se lee mejor, se comprende mejor y lo que se tiene que decir, se dice una manera más exacta. No es simplemente la unión de las letras lo que hace a la literatura, en la fusión con otras artes lo que da forma a la gran literatura.

Para eso es la música, y eso hay que promover no sólo entre los escritores, sino también en quienes inician su educación en la primaria. Los maestros de ahora (no todos, por fortuna, pero si una gran mayoría), no leen, no escuchan música, no van a recitales de poesía ni a conciertos. Creen que con sólo estudiar pedagogía ya pueden enseñar a los niños. Un viejo maestro de primaria un día me comentó que era una lástima que los medios electrónicos no apoyaran la educación, pero no es sólo los medios electrónicos quienes deben apoyar la educación, sino también deben educar a quien enseña.

Diezveintiocho

Promover la cultura

Alejandro León Meléndez

Parece extraño que a estas alturas del siglo siga en el aire la pregunta: ¿qué es la cultura? Sin embargo, es pertinente mantenerla entre nosotros. No, al contrario de lo que podría suponerse, para que lleguemos a un acuerdo los promotores culturales sobre qué es lo que vamos a promover. Sino para que continuemos el debate que es benéfico por el debate, no por su solución.

Hace unos días, los Ayuntamientos del Estado, en su mayoría, cambiaron de manos conforme a lo establecido por la ley y a lo que decidió la población. Con ellos, cambiaron de manos las casas de cultura. Así pues (porque nunca lo he ocultado de mis textos), yo entregué la que me tocó dirigir durante tres años. Siempre dije que era benéfico el cambio de directores; en primera para evitar el comodinazgo y en segunda por que los ciclos no siempre deben repetirse. Y no lo voy a negar ahora. Me da gusto haber entregado, por mí y por la casa de cultura, aunque no por la población del municipio. El acto de entrega recepción, como se le llama en el slang burócrata, es uno de los ejercicios más interesantes del colectivo humano. No es mi intención aquí ahondar en un tema sociológico del cual no podría concluir nada. Sin embargo, me apuesto a pensar en lo otro, en aquello con lo que inicié este texto. En qué es la promotoría cultural y a dónde va. Explico.

Yo nunca supe quién me sucedería en la dirección. El nuevo ayuntamiento se guardó muy bien de mantener el secreto como si fuera primordial para el Estado. Sin embargo los rumores se dieron, y yo alcancé a escuchar algunos nombres de los posibles directores. Seré franco, algunos de esos nombres me entusiasmaban, otros en realidad no tanto. Al final, me hallé como espectador de una carrera inútil por la dirección de una instancia municipal que a nadie le importa un rábano. En realidad, supe quién me sucedería hasta el mismo día de la entrega recepción, y fue apenas un par de horas antes de que yo entregara. Ningún nombre que yo había escuchado resultó ser cierto. Entregué a una señora que —según me dijeron—, solía preparar y vender garnachas en una escuela pública. Oh, desgracia. Me sentí decepcionado. (Unos días después, un amigo me bromeó: "Oye, ya pasé por Casa de Cultura, y está estrenando rótulo, ahora dice: «Casa de Cultura y Fonda la Güera»"). Después de la decepción vino el arranque, y les dije a todos y me dije hasta creérmelo: qué bueno que no tengo nada que ver con el nuevo ayuntamiento, a ellos no les importa la cultura. Pero al final de la semana ya estaba olvidado el asunto. Ahora en cambio, sólo me pregunto qué tiene de malo. Y yo creo que nada.

A las casas de cultura les detecto sólo un gran objetivo, que es el de descubrir en la población su necesidad de la cultura. Esto se logra a través de la formación de públicos, a través de la difusión de la creación del arte, a través de la difusión del patrimonio cultural tangible, intangible y vivo. Como promotor cultural siempre he tenido un problema: mi inclinación para difundir sólo una rama de la cultura: el arte. He dejado de lado las manifestaciones tradicionales, de historia, filosóficas o de culto religioso. Esas no me interesan. Por supuesto cuando me preguntan sobre la difusión de la cultura del deporte o de la cultura política, los mando al cuerno.

Por eso, la aparición de la Güera en casa de cultura podría no ser algo malo, después de todo. Y lo digo más por deseo que por experiencia. Sé, porque eso ni mi más anhelante deseo puede quitármelo de la cabeza, que en mi municipio ahora se van a promover muchas de aquellas cosas que no valen la pena: la simbología patria como fuente de identidad, los bailes del pueblo (ni una ni otra cosa necesitan promoción, se dan sin ayuda de las instancias culturales), los concursos de fachadas mejor arregladas o las tocadas de cumbia como excusa para que los nuevos cabilderos se emborrachen. Aún así, el que una mujer de la cocina esté en esa dirección, en un municipio que pasa siempre desapercibido, podría modificar al menos un par de cosas.

Pienso, por ejemplo, en la revaloración de las manifestaciones religiosas. No sólo los paseos de las imágenes o los desfiles de carros alegóricos, sino en los encuentros musicales, surgidos desde la población y por la fe. También las figuras de aserrín coloreado que se forman en el suelo de concreto, o sobre las calles.

Pienso, otro ejemplo, en la desacralización del arte como único objetivo de la promoción cultural. No deseo que olvide los talleres plásticos o de música. Sólo espero que, sin las telarañas que nos quedan a algunos gestores culturales, ella promueva al imaginario colectivo y local.

Después de todo, lo pienso ahora, esta población necesita más de las danzas que del jazz.

Comentarios a diezveintiocho@yahoogrupos.com.mx

Las razones del diablo

De figuras y héroes

Dionicio Munguía J.

En este año se cumple un aniversario más de Juárez. Presidente de la República en tiempos violentos, Benito Juárez representó un capítulo importante en la historia de nuestro país. Sus reformas obligaron a la iglesia a regresar todo aquello que no les pertenecía, sobre todo porque no era precisamente un reino celestial lo que poseían sino un considerable reino material.

Pero no todo fueron las Leyes de Reforma, sino también ese peregrinar por la república que le valió, de alguna forma, conocer realmente lo que sucedía en un país que se gobernaba (y se sigue gobernando) desde el centro. Es notorio que la figura juarista haya sido separada en el principio del actual gobierno federal. Incluso del discurso inicial que Fox hizo ante un complejo poder legislativo.

No más allá de la demagogia a la que se enfrenta uno en los medios, existe un particular interés por rescatar una figura que ha sido vilipendiada desde los púlpitos, pasando por los alones donde se decide la economía de nuestro país. Juárez tiene que ser rescatado, como todos los héroes nacionales, de las garras de la demagogia; el hecho que una revista de corte cultural, pagada con dinero de los impuestos, haya decidido tomar esta figura nacional, es sintomático de los vientos que pueblan nuestro entorno social actual.

A pesar de los dilemas que se presentan ante una figura como esta, la revista Castálida intenta recuperar este señuelo histórico y lanza una propuesta interesante en sus páginas. No por más ni por menos debemos hacerla a un lado. Es necesario conocer los diferentes puntos de vista que se expresan, desde el mordaz requiebro de Chavezmaya, hasta la gráfica irónica de caricaturistas (que siempre los ha habido) de su tiempo criticando lo criticable de un gobierno que no se caracterizo por su pasividad, como lo pueden comprobar los franceses.

Ahora sólo basta que los jóvenes conozcan a sus héroes, pero alejados del culto a la personalidad que durante decenios se llevo a cabo en México. Ya no tenemos que aguantar más estatuas (eso espero) en glorietas o avenidas, sino debemos solicitar una mejor revisión de la historia; hacer, como lo hizo García Márquez con Bolívar, una humanización de los héroes y no una glorificación que sólo aburre en la escuela. Que levante la mano quien diga, de niño, que no se aburrió al momento de las biografías obligadas.

Prefiero una biografía como la de García Márquez que una como la de los libros de primaria. Necesitamos saber, dice Noel Incola, cómo eran esos que nos precedieron. No la furibunda avalancha de fechas, sucesos y acontecimientos que se inscribieron en el libro de la historia, sino las cotidianas actividades de un hombre que fue presidente de la República, siendo un indígena que nació en un poblado miserable, sin saber hablar español, y que logró que una nación se levantará contra el invasor. Eso sería preferible.

Las razones del diablo

Libros

Dionicio Munguía J.

Compartamos una idea. Por lo general, el que lee es una persona que tiene un tiempo libro y toma con cariño un libro, lo abre en el capítulo adecuado, según el marcador que use, se acomoda en el asiento, reposet, sofá, lecho o algo semejante y dispone de su tiempo para enfrascarse en una lectura que le dejará buenos instantes, por lo general.

Sin embargo, hay conceptos sociales que marcan estas actitudes como un desperdicio del tiempo, flojera, ocio (que bien usado es benéfico) o tanta palabrería lerda que sólo descalifica una acción por hacerlo simple. Las mentes simples, dice Robespierre, son aquellas que hacen mover las máquinas, las mentes complejas las diseñan. La lectura no es un acto simple, es una elección compleja de conocimiento. Entre más leamos, mas tolerantes seremos.

Es factible esperar de nuestros políticos mexicanos un ademán contrario a la lectura y, en su caso, a las artes en general. El presidente de la república estableció al principio de su mandato un programa que en el papel era magnífico: Hacía un país de lectores; sin embargo, el primero que debería de poner el ejemplo, el Ejecutivo, es una persona inculta a su manera, que no toma por equivoación un libro y muchos menos habla de leer entre quienes lo rodean. No es imposible, pero si sorprende que la persona que propuso un programa para activar la lectura sea quien menos lea.

El problema es mucho mayor de lo que se piensa. Como gente interesada en las letras, durante presentaciones o lecturas frente a muchachos de prepa me han preguntado insistentemente en cuál es la forma de acercarse a la lectura. La respuesta, por obvia, es irrelevante: leer. Pero el acto de leer proviene de la imitación infantil, de la pasión de un maestro o de la simple curiosidad. Y no siempre estos factores se cumplen: ni hay libros en casa, ni existen muchos maestros con pasión por la lectura ni se despierta la curiosidad en los jóvenes.

Ellos, los jóvenes, no conocen las facultades que proporcionan los libros. La imaginación, el conocimiento, la tolerancia, la cultura en general. Se es menos inculto mientras más se lee, se aprende mejor mientras se lee un libro. No sólo contienen literatura, sino también historia de la sociedad, de la humanidad, para que evitemos los errores del pasado y vivamos mejor en este mundo. Espero que nunca lleguemos al Apocalipsis que Ray Bradbury escribe en Fahrenheit 451: la destrucción de los libros porque corrompen a la humanidad.

Prefiero saber que siempre habrá libros y siempre habrá lectores, a pesar de que quienes tiene la fama inmediata no se preocupen por leer, porque son ellos quienes darían el mejor aliento a este acto, y de paso, darían vida nueva a un elemento indispensable en nuestra historia, el libro.